lunes, 14 de mayo de 2018

LA CUEVA ES DRAGÓN


Nadie
nos ampara
de la sombra
¿Pero quién nos ampara de Nadie?
                     Víctor Redondo

El dragón es cueva.

Hay una hora, la del llanto del sol deshaciéndose en el horizonte que muchos llaman “la hora del lobo”, en la que día a día mi dragón abre sus alas, se hace cueva y me adentra.

Sólo mucho más tarde una luz tenue, transparente, vendrá desde otros seres hacia mí, trayéndome descanso.

Adentro de mi dragón-cueva hay muchos caminos, corredores y desvíos que mienten un destino. Ellos mismos son llegada.

Los hay cada vez más oscuros, húmedos y fríos; otros cercanos a su corazón,  calurosos, ardientes, con promesas apasionadas pero llenos de fuegos fatuos.
Están los  que parecen ser sus garras, donde se incrustan las piedras preciosas del mundo que apenas vislumbro y quisiera sacar a la luz, pero que me desgarran cada vez que lo intento.

En cambio, en la covacha que le sigue encuentro trastos viejos acumulados a lo largo de la vida. Alguna vez brillaron como valiosos y hoy son plásticos rasgados, sucios, malolientes como deshechos de animales de albañal.

Alguna vez he creído caminar por una larga lengua de fuego cuyas paredes rugían lo innombrable  que el dragón no me permite olvidar.

Quizá pertenezca a alguna de sus alas un corredor silencioso de luz amarillenta contra la que se recortan las siluetas sin rostro de los muertos. No se miran ni se perciben entre sí; no hablan, están. Saben que veo sus sombras. Esperan que dé un paso más en mi oscuridad para pasar un mensaje que anhela, como en la cueva de las manos,  ser descifrado algún día.

Hay noches en las que no puedo ir más allá de mi alma y me encuentro en esos corredores de actos y deseos envilecidos por la avidez de una felicidad mentida en la representación. Es cuando clamo por estrellas, pero no las merezco. Cuando quisiera haber pensado lo que no supe pensar; haber sentido lo que no supe sentir; haber querido lo que no supe querer.

En  corredores de rocas que se apartan ensanchando un pasadizo cada vez más oscuro y sin límites, temo que hasta el suelo se abra bajo mis pies. Sin embargo, en ese desierto sin luz y sin guía, lugar de la soledad que exige un grito para confirmar que estoy allí y que no he muerto todavía, ronca una respiración pesada, lenta, que no se oye pero se siente.

Hay partes en las que el granito brilla como mojado de lágrimas a la extraña luz de relámpagos hechos de la mirada de los otros, y aun así es más compañía. Tiene voces de culpa y de pena. Sí, al menos tiene voces.

En otro pasillo de infinitos hilos tejo y destejo todos los errores, malos sentimientos y rencores que me alejan de los otros. Al tejerlos y destejerlos se hacen cada vez más finos, delicados, de brillo sedoso, y ya no queda casi nada de lo cortante y áspero que nos aparta.

Claro que pienso muchas veces en Penélope. ¿Estaba cansando a sus pretendientes o  estaba intentando que el hilo de los resentimientos y reproches a Odiseo por un abandono que duraba años dejándola como botín de guerra a hombres ávidos y codiciosos, fuera haciéndose tan fino como para tejer el manto más suave del perdón y del olvido, y así esperarlo renovada por haber vencido sobre sí misma?

Me pregunto hasta el infinito por este dragón que cada tarde abre sus alas, se hace cueva y me adentra. ¿Qué quiere de mí? ¿De qué le sirve este rito cotidiano? ¿Acaso él también  es  prisionero y guardián que espera que lo liberen luego de cumplir un deber que es instinto, que ya no le importa; con el que creyó ganar un cielo y ahora sólo quiere dejarse a sí mismo, salirse por sus fauces, por su fuego, por sus garras, escamas y espinazo, pero sobre todo por  sus ojos?

¡Ah, los ojos del dragón! A veces siento que me miran muy fijo, quietos, sin parpadear, en espera. ¿Observan? ¿Piden? En todo caso no amenazan. Se sienten  seguros. Sin embargo, algo quieren.

Algo que debe salir de mí hacia mí cuando lo mire con sus ojos y los sepa míos, cuando ame esta soledad terrorífica de nadie.

Entonces no me dejará ir, será él quien se vaya. Levantará las alas volviendo a su lugar de origen y destruirá la cueva.

Me dejará desnuda.

Al irse, tal vez se desprendan de sus garras  las piedras preciosas que me dio la tierra, y  empiecen a brillar para todos.

Sabré lo que es luz.

domingo, 15 de abril de 2018

UNA IDEA GENIAL


«¡Otra vez, otra vez!
Bella, perfecta, plena de promesas, abierta a la palabra creadora.
Aterradora.
Nada de lo que en ella aparezca, merecerá su blancura.
Inmaculada, ¿qué palabra merece mancharla? ¿Para decir qué a quienes?
Todo ha sido dicho ya.
Ah, sólo una palabra que deba ser escrita o pronunciada…
¿Quién merece la revelación?»

Hay tiempo todavía. Caminar un rato, despejarse.

Pero, hay tanto que hacer.  Comer, limpiar, hablar, verse con amigos…Sí, sí, hay tiempo todavía…

Tal vez baste animarse y escribir lo primero que venga a  la mente. Después de todo, una tecla puede  borrarlo todo y  la página vuelve a su blancura. Pero, “se ha guardado una copia de seguridad en Word”, dice el ordenador para tranquilizarnos.

De niños, con su hermana se entretenían en el juego de los espías. Con una pluma empapada en limón sobre una hoja perfectamente blanca, escribían un secreto recién descubierto. Quien la recibía, pasaba una vela encendida por detrás de la hoja, y encontraba el mensaje.

¡Horror! ¿Nada desaparece del todo en el mundo?

                                                                         *

Una editorial  premió su novela hace ya dos años. Por entonces, firmó un compromiso de trabajo que le permitiría vivir sin lujos mes a mes, y que hoy no puede cumplir.
El editor llama.  Dimas va a explicar lo que no tiene explicación. Camina presuroso, ensimismado.

Los amigos están sentados a una mesa de café en la acera cuando pasa  sin mirar.

Ahí va “tengo-una-idea-genial” ―dice Carlos en voz bien alta y con sorna.

Por supuesto lo oye, le duele, sabe que en cierto modo tiene razón, pero la sorna y la descalificación lo hieren. Porque, aunque nunca debió compartir esa certeza con el entusiasmo de un niño  que aprende a abrir una puerta, en verdad él tiene “las ideas geniales”, hasta sueña con ellas, pero ni bien enfrenta la página blanca  del ordenador, todo desaparece.

Sabe que la así llamada “inspiración” es una gracia que alguna vez llega, pero siempre tras   mucho trabajo árido, constante, sin renunciamientos. No obstante, también la usa de excusa ante sí mismo cuando no puede soportar el espejo.

 Añora casi con desesperación aquel tiempo en el que escribía  sin descanso en un café, rodeado de murmullos indefinidos, gente que iba y venía sin verlo, sin ser vistos; de vez en cuando una voz se alzaba «son dos los cafés, uno sale cortado».

Ahora ese espacio, ese tiempo ya no le sirven de marco. Prueba con la soledad y el absoluto silencio. Tampoco.

―¿Puedo saber qué te pasa? ―pregunta el editor entre la recriminación y la paciencia.

Dimas intenta un largo razonamiento sobre la necesidad de la Verdad absoluta, de la Belleza perfecta, de la Esencia de las cosas, y tópicos similares.

Un suspiro del editor corta su discurso.

―Esas entidades viven en un mundo que no es el nuestro. Apenas las vislumbras en los sueños. Nosotros trabajamos en tierra con aspiraciones, intentos, nuestras personales limitaciones. Si te facilita las cosas puedo ofrecerte una oficina exclusiva durante algunas horas al día. A otros les ha servido. Pero antes de responder, quiero que salgas, veas a tu familia, a tus amigos, te olvides de la página en blanco y de todas esas ideas grandilocuentes. Luego hablaremos.

Dimas se retira humillado, aunque  en su interior algo ha perdido peso. 

No quiere ver a sus amigos. Las miradas burlonas, los silencios compasivos son piedras en su estómago. 

Busca a su hermana. Necesita compartir recuerdos, juegos.

Los sobrinos lo reciben con una algarabía que responde al tiempo que lleva sin verlos.
A la hora de dormir los niños reclaman la presencia de su tío. Quieren un cuento.

Dimas, sentado al borde de una cama los mira temeroso, y encuentra ojos brillantes de ansiedad y entusiasmo. Entonces se oye decir:

―Había una vez…

Y la vida recomienza.

martes, 13 de febrero de 2018

LA POETA



                                                              Sólo en el silencio la palabra
                                                              Sólo en la oscuridad la luz
                                                              Sólo en la muerte la vida,
                                                              El vuelo del halcón
                                                              Brilla en el cielo vacío.
                                                                           Úrsula K. Le Guin

En la oscuridad de la habitación, un rayo de luz se filtra por las rendijas    de la persiana. La niña, desde su cuna,  observa las motas de polvo que danzan. Callada, abstraída en su mundo tan nuevo, lleno de maravillas como ese movimiento de puntos minúsculos en el aire iluminado, no reclama nada, sólo mira.

Su madre entra a la habitación con cuidado, en silencio, creyéndola dormida. Al verla, la niña apunta con un dedito al rayo de luz. Mientras abre las persianas para que entre el sol de la mañana, la madre dice: «Luz».

La niña sonríe y tiende los brazos.

Al borde del Pacífico, va juntando los nombres de los seres y las cosas que su dedo señala primero, y por los que su voz interroga más tarde.

Siempre hay algo nuevo. En un mismo día, el llanto de un hombre y los ojos de un perro a punto de ser apaleado le enseñan las palabras pena y miedo. Pero cuando ella misma corre a mojarse los pies a orillas del mar, bajo la luz del sol, sabe que se llama alegría.

En un baúl de juguetes guarda las historias que se cuenta a si misma, y las que oye a su padre sobre antiguos mundos perdidos.

Más tarde llegan los diccionarios y las otras lenguas. Sin embargo, es con su madre con  quien comparte los secretos y deslumbramientos que encuentra en las palabras.

Lo que no conocemos, ¿también tiene nombre? pregunta un día.

Quien conoce lo que vive en su entorno, los seres y las cosas que lo rodean, sabe nombrarlos. Y lo que se nos revela en el descubrimiento, trae su nombre consigo. Las motas de polvo que te maravillaban cuando eras pequeña, parecían no estar en la oscuridad, sólo las conociste por la luz, ¿recuerdas?

                                                          *
Adolescentes que quieren devorar el mundo, Úrsula y su amiga May comparten aventuras, corren los primeros riesgos. May  es pura espontaneidad, risa, desparpajo. Admira en Úrsula la inteligencia, la mirada observadora y llena de vida, el coraje vital. Sin embargo, el arrojo de May tiene una inocencia temible. Úrsula percibe nombres en la sombra de vivencias y sentimientos confusos apenas alumbrados por los primeros atisbos de conciencia.

Una tarde de vientos que sacuden las palmeras anunciando tormentas, Úrsula oye a su madre  hablando por teléfono. Una nube  oscura, terrible, se cierne alrededor de la mujer que llora sin consuelo. Alcanza a oír «¡Eso es algo que no tiene nombre!»

May, su amiga del alma, abusada por el tío más querido, es internada en una clínica psiquiátrica.

Úrsula  se encierra. Pasa días en la oscuridad,  los oídos abiertos al silencio.

Una tarde, abre sus puertas y pregunta:

Sabemos qué le pasó a May, entonces, ¿qué es lo que no tiene nombre?

Hay aspectos del mal que nos deshumanizan,  nos quitan la dignidad y nos vuelven inhumanos. Tememos nombrarlos por el poder que tienen.

Pero habría que tratar de deshacerlos…

¿Cómo?

Deshaciendo las palabras que los nombran.

¡Ojalá bastara! Ya están demasiado arraigados en el corazón humano, ―suspira la madre.

Pero Úrsula no se rinde.  Como el halcón en un cielo vacío de respuestas, pasará el resto de su vida trocando las palabras de lo que no tiene nombre en aquellas que iluminan la oscuridad.


(Homenaje a la gran maestra  de escritores y lectores Úrsula K. Le Guin, fallecida el 22 de enero de 2018)

miércoles, 10 de enero de 2018

CAPÍTULO II - De los viajes de Bernabé-1

“Levántate, huésped, y ve a descansar.
Tu lecho te aguarda.”
               La Odisea- Canto VII
 Deja en la mesa el vino de bienvenida. Volver a casa y encontrarse con Germán, le dejan el estómago y el ánimo tan revueltos como si hubiera tragado litros de agua salada. Se acuesta agotado. Suspira, cierra los ojos, pero no duerme. Cada sentimiento, cada sensación le trae recuerdos de veinte años atrás. La madre no está y ellos son otros. El afecto surgió en el primer abrazo cálido, intacto. Después, se notaron las diferencias y los esfuerzos de ambos por no chocar, por no herir, tratando de disimular la enorme distancia acentuada por el tiempo.

Hasta que en boca de Germán estalló el primer trueno:

― ¡Claro que al menos, como decís vos, yo pude despedirme! ¿Qué esperabas, que todo fuera el dinero que enviabas? No hice mi vida por cuidarla, por resguardar lo que le quedaba de ese hijo perfecto y lejano que tuvo que irse.  Y yo, tonto de mí, admirando al hermano revolucionario que nos dejó temblando por él y por nosotros, clavados en un mismo lugar.

«¿Por qué volví?», se pregunta o más bien se reprocha, aunque conoce sobradamente la respuesta. Así como se fue obligado, empujado por el terror, también volvió obligado por la madre que no pudo esperarlo, y por su propia enfermedad. Pero sabe que iguales motivos sirven también para justificar una ausencia definitiva, un darse vuelta hacia la vida que, forzado o no, hizo para sí.

Germán no puede esperar nada de él. De eso está seguro. Tampoco él de su hermano. Sin embargo, volvió, abrió los brazos y encontró los de Germán tendidos hacia él como cuando eran niños y Bernabé lo llevaba a “cococho” corriendo por la casa.

Pero apenas se enternece por la infancia lejana, sobreviene otra ola de preguntas: «¿Qué haces aquí, qué se te pierde?» «Cobarde, vuelve a lo tuyo.» «¿Perderás una vida ganada con tu dolor y tu esfuerzo, por sombras del pasado?»

Se siente un náufrago. La cabeza le da vueltas. ¿Dónde está su voluntad?  No puede ser esto todo.

Una ola de oscuridad lo alcanza, y con ella despierta la memoria.

Todavía era marinero en el pesquero. Vientos huracanados entrecruzándose, truenos y relámpagos,  la tempestad  levantó un mar que pudo con todos ellos. Recuerda una inmensa roca negra, pero no sabe si de verdad lo era o si se trataba de una ola tan alta, tan oscura, tan terrible como la que le golpea hoy el alma.

Recuerda también haberse sostenido de algo que flotaba a su lado; no sabe qué. Sacudido de un lado a otro, trata de no soltarse, de resistir, de no tragar agua, de no perder toda conciencia. No ve ningún compañero; es sólo la fuerza que le va quedando, sin pensamientos, sin sentimientos reconocibles, sin nombre. ¿Cuánto tiempo?

De pronto, sobre un horizonte impreciso cree ver, llevada por grises remeros, una nave  recortada de la negrura por los relámpagos. Aparece y desaparece detrás de las olas, pero está siempre ahí.  Hasta que tres remos sacan sus paletas del agua y en medio del rugido del mar y de los vientos, oye una voz portentosa que dice:

Marinero, sujétate de los remos, vamos, te llevaremos a la Isla de los Bienaventurados.

Ah, tan grande puede ser la tentación…

Pero, el marinero no subió al barco. La voz portentosa sirvió de latigazo a su conciencia.

«¡Gracias, Homero, por decir la verdad!» tartamudea mientras escupe agua. Pasado un instante, recobra su verdadero nombre: Bernabé.

Los hombres grises  desaparecen y en el horizonte hay un principio de claridad. Los vientos amainan.

Ahora duerme. Lleva al sueño  preguntas y temores.

Pasa la noche. Bernabé se levanta para ver el amanecer en la ciudad que apenas recuerda.

Mira un cielo amarillo suave, y sonríe ante el piar enloquecido de los gorriones.

«La pregunta no era por qué, sino para qué», piensa descansado y en calma.
Habrá de descubrirlo. Comienza a aceptar.

martes, 5 de diciembre de 2017

EL ´76


Era Navidad. Esa mañana avisaron que  la dejarían en libertad. 

Esperamos en silencio.

Desde la madrugada en que una bayoneta rasgó la puerta, nos acostumbramos a cuchichear como las hormigas, y a  que el silencio  fuera una pesada niebla en nuestras vidas.

Después, oímos los partes de ignominia. Una voz avisó: «Devoto».

Nos sostuvo el dolor de poder poner los labios sobre un rectángulo de piel enmarcado por barrotes.

Otros, no estaban.

Llegó enferma.

La abrazamos con la alegría ensangrentada como los nudillos del hermano que, borracho, golpeaba la pared de la impotencia repitiendo: «¡Hay que sacarla!»

lunes, 13 de noviembre de 2017

EL LEGADO DE FRANZ

Viktor va a sentarse en su viejo sillón con una sonrisa socarrona entre los labios. Pone la llave del armario bajo el almohadón. Está seguro de haber tenido una brillante idea. No va a permitir que su nieto Gregorio se salga con la suya. Franz fue su amigo en aquellos viejos tiempos de su Praga natal, y él no está dispuesto a traicionarlo.

Respira con dificultad. Cualquier esfuerzo, cualquier ansiedad, lo dejan agotado. Sabe que le queda poco tiempo, pero no va a ceder.

Voces. La puerta de entrada  se cierra, la luz del corredor  se enciende.

Algo estremecido pero alerta, resuelve hacerse el dormido. Quiere saber qué hablan su hija  y su nieto.

Deja a tu abuelo tranquilo, por favor. No lo mortifiques más. Ya ha sufrido mucho. ¿Qué apuro hay?

No es personal. Él cree que quiero  sacar provecho. Eso me da rabia. Pero el Museo de Kafka en Praga está esperando nuestras noticias. Esto es algo grande a lo que el mundo entero tiene derecho, ¿no te parece?

Te conozco y sé que no es interés económico, pero hay otro tipo de interés, creo. Todavía no es tuyo, ¿por qué hablar tan pronto de algo que no te pertenece?

Entonces, ¿no vas a ayudarme a convencerlo?

La madre se encoge de hombros sin responder, y va  a la cocina a preparar la comida.

Abuelo, ¿podemos hablar?

Te escucho.

Yo sé que Franz fue tu amigo del alma y que las cartas que te escribió desde Austria responden a eso; pero hoy, tu amigo Franz es Kafka, uno de los más grandes escritores de nuestro tiempo. Pertenece al mundo. No hay por qué privar a la humanidad de un material tan rico que serviría para aclarar muchas cosas de su biografía, además del valor literario intrínseco.

―Trato de enseñarte a comportarte, pero parece que tu cabeza es mucho más dura de lo esperable. Te lo dije, son cartas personales. Franz me confío algunas cosas muy privadas relativas a sus sentimientos por Milena. Ahora te pregunto, ¿venderías o dejarías exponer lo que tu mejor amigo te confía, sólo porque  es famoso?

―¡Pero hay límites para todo!

―¡Mira quién habla!

―¡Ninguno vive ya! ¿Qué mal puede hacerle a sus cenizas que se conozcan los sentimientos relativos a una mujer que todos sabemos que amó?

―Y si todos lo saben, ¿por qué necesitan chismear? ¿Qué quieren decir para vos palabras como respeto, confidencia, privacidad? Los jóvenes de hoy, ¿no pueden guardar un secreto? ¿Necesitan vomitarlo todo, contarlo todo?

―La privacidad  se ha perdido en estos tiempos globalizados, abuelo; y tu Franz está muerto hace muchos años. ¿Está claro? ¡Franz Kafka murió hace muchos, muchos años!

Gregorio calla de golpe. Acaba de herir a su abuelo en lo más profundo del alma. Avergonzado, se muerde los labios y lo mira.
Viktor no llora, tampoco responde. Se vuelve sobre sí mismo.
*
Meses después Viktor muere sentado en su sillón. Gregorio, acaso dolido por su propio comportamiento, intenta no mencionar el legado de Franz a su madre. Trata de no pensar en ello, pero por las noches rumia las palabras del abuelo, sin terminar de aceptarlas.

Ella anda por la casa como una sombra. Todavía no tiene  fuerzas suficientes para ordenar el cuarto del anciano, revisar la ropa, ver qué hay para donar, rescatar algún recuerdo de infancia.

Un día mira el sillón como por  primera vez, y piensa «ha tomado la forma de papá y el tapizado está todo gastado. Es hora de empezar».

Llama un tapicero, y  comienza a revisar la habitación de su padre. Pero no puede abrir el armario. La llave se ha perdido.

Decide traer un cerrajero a la casa, en el momento en el que el  empleado  que  carga el sillón, dice:

―Señora, encontré esta llave entre el brazo y el asiento, -y se la entrega.

El joven Gregorio sonríe. Es su turno: hará lo que quiere hacer.

Abre el armario con cierta emoción. En sus manos todavía tiembla alguna duda.

Saca los trajes y camisas para ver bien. Las cartas no están allí. Tampoco en los estantes.
De pronto, descubre que uno de los cajones tiene doble fondo. Lo desarma con cuidado.

Entre  dos tablas de  madera, un nido de cucarachas se hace un festín con los restos de papel del legado de Franz.  


viernes, 13 de octubre de 2017

TICIO



«Era más que un simple robot, era más que cualquiera de sus amigos y compañeros no sólo por su fuerza o su tamaño, y ella iba  a ayudarlo a salir al mundo, a brillar como le correspondía.» Así iba pensando Ema sobre su novio, al salir de la joyería donde habían encargado las alianzas para su boda.

Bromeó con el joyero por la diferencia de tamaño de los anillos. A ella no le importa. Ama a Ticio y Ticio la ama. ¿Qué más?
Apura el paso. Su querido “super-robot”, “grandote”, “forzudo”, “monstruo”, “fenómeno de circo”  como lo apodan sus compañeros  con una sonrisa que habla más de incomprensión que de burla, la espera en una esquina cerca de su casa.


A Ticio no le gustan los lugares públicos porque siempre hay quien lo mira  y hace comentarios en voz baja. Él es quietud tensa que controla su fuerza. Sabe que esa es su característica esencial y le teme. De Ema quiere su vivacidad, su frescura. «Ella no hiere», se dice, mientras el recuerdo de su madre le hace temblar las sienes y la frente.


Ema camina y recuerda.
Cuando se conocieron, los amigos de él hicieron una  fiesta y la recibieron entusiasmados. Sin embargo había siempre una línea de resquemor que Ema no sabía interpretar.
Un día Andrés le dijo que quería hablarle. Con Ticio se conocían desde la infancia y “super-robot” fue su defensor ante los compañeros de escuela cada vez que hizo falta. Andrés relataba situaciones risueñas y exageraba otras. Dijo,por ejemplo, que su amigo había arrancado un árbol de raíz para hacer leña, y no era cierto.  Pero otras cosas sí lo eran. Contó que  se convirtió en  una suerte de operario ad-honorem de la escuela por haber retorcido las rejas de una ventana en un ataque de rabia. Los maestros, entonces, decidieron que lo mejor era que descargara su excesiva energía arreglando lo que hiciera falta. Las compañeras contaban con él para que llevara mochilas, carpas y demás enseres  para los campamentos de verano y muchas historias más. Después de escuchar atentamente un rico anecdotario, Ema preguntó por qué la había llamado. Andrés se puso serio y le dijo:
Hay  un tema que no debes tocar jamás: su padre. No se llevaba bien con su madre, aunque nunca la lastimó ni le hizo daño, pero la última vez que le preguntó por su padre, ella, poniendo los ojos en blanco, le contestó, « te lo he dicho siempre, créeme, tu padre es un dios, y los dioses no se quedan mucho tiempo entre los humanos. Somos muy poca cosa para ellos». Entonces Ticio gritó con tanta furia que todo el barrio lo oyó. Entró al gallinero y retorció el pescuezo de varias gallinas hasta que se calmó. Lo  increíble fue que la madre repartió las gallinas muertas por toda la vecindad como si se tratara de una ceremonia, y en todas las casas contó que le había dicho la verdad sobre su padre, y eso lo había enojado. Mi madre piensa que esa mujer estaba loca.
¿Y todos comieron puchero de gallina gracias a Ticio? ―preguntó Ema, riendo.
No lo tomes a la ligera. Ticio es un pan de dios, pero tocar el tema del padre con él, es peligroso.
Lo tendré en cuenta, dijo ella todavía burlándose. ¿Su novio, peligroso? Siempre la ha tratado con un cuidado y una delicadeza casi desconocidos entre los hombres considerados normales.

Ticio espera inmóvil. El recuerdo de su madre se aleja. Disfruta del sol en la cara. El pasado ha quedado definitivamente atrás.

Ema camina y sueña.
Imagina una casa llena de niños grandes y fuertes como su padre.
Ríe feliz y corre entusiasmada a su encuentro.
Se abrazan, se besan. Ella abre la cartera y muestra los anillos.
Él sonríe desde su altura. Ema, cegada por su propia historia de amor,  exclama:
―¡Es hora de que salgas de la oscuridad, pareces un semi-dios!

Un alarido de cientos de bocinas que suenan al unísono sin interrupción, sube desde el horror de gente que no sabe qué hacer ante un gigante que en plena calle le retuerce el cuello a una mujer como si fuera una gallina.


Hoy, Ticio, Super-Robot, Monstruo, Fenómeno de Circo es condenado como un hombre.