miércoles, 7 de junio de 2017

INCOMUNICACIÓN

La gente pasa  sin verlo. Hace días que la lata  a sus pies no recibe una moneda.
En la esperanza de lograr algún dinero, el ciego consigue un arma de juguete y se hace ladrón. Sin embargo, dada su condición,  resuelve permanecer en la esquina del banco, el lugar de siempre.
Llega una señora. El ladrón sigue un perfume que le habla de riqueza. El banco está cerrado. Hay un cartel: “Hoy, no se atiende por huelga”.
El ladrón empuja  a la señora y, sin saberlo,   apoya el arma allí donde la espalda cambia de nombre. Ella siente algo firme haciendo presión.
Vamos juntos por la guita ―le dice al oído.
―Hoy no será posible ―suspira para sí la señora, sin volverse.
El futuro del ladrón agoniza en esas palabras.
―¡Pues entonces será mañana! ―amenaza, enojado.

―¡Caballero, soy una mujer casada!

domingo, 7 de mayo de 2017

LAS TRES HILANDERAS

                                   



 Las tres hilanderas se apresuran.


Tres porque, hadas o brujas, siempre fueron tres las que tejieron o hilaron a la hora de meditar y proyectar de las mujeres.

El tiempo aprieta. Delgadísimas, casi transparentes como las hadas de los cuentos, van por las calles subterráneas al encuentro de quienes las apoyan para liberarse del tirano.

Éste se hace llamar Tyranus Rex. Hace años ya, heredó un poder que considera un juego. Ignorante y necio, alguna vez oyó un nombre parecido y sin saber a qué se refería, le sonó importante y grandioso, digno de su persona. La seda natural es su debilidad, pero detesta la seda industrial. Para  uso personal, que incluye desde su vestimenta a toda la ropa de palacio, Tyranus Rex exige la seda tejida y teñida por estas tres mujeres; las últimas en el mundo conocido que saben hacerlo.

Nadie, en varias generaciones quiso aprender el oficio. Es una vida sin comodidades, en ambientes húmedos y cerrados, con inmensos criaderos de gusanos, moreras para alimentarlos y cortinas de murciélagos que cuelgan de los árboles y de los techos para hacerse cada noche de su alimento. Expuestas al aire malsano, se saben enfermas. Parte del plan consiste en usar su enfermedad como arma.

Desde que Tyranus Rex promulgó la ley de Protección a la Vejez, la población vive entre el pánico y una viciosa comodidad. Muchos  lograron emigrar. Otros, no pudieron;  otros aún, creyeron que  les solucionaba la vida.

La ley de Protección a la Vejez impone que a partir de la jubilación, inspectores gubernamentales hagan visitas periódicas a los pensionados y tomen nota  de sus gastos, de sus gustos excesivos.

A los setenta años exactos, una comisión especial les lleva una enorme torta de cumpleaños, de la que deben comer  al menos dos o tres porciones. Cuando ya están drogados y adormecidos, llega  con gran pompa una limusina que los traslada al Hogar de las Sombras. De ahí en adelante el Estado administra su pensión. Techo, alimento, vestido, salud y hasta entretenimiento le serán provistos sin que tenga que  elegir. A eso se le llama Homenaje en Vida.

En señaladas ocasiones pueden recibir visitas de consanguineos. Jamás un amigo, un compañero de trabajo, una vecina cariñosa. No hay en el Hogar lecturas, celulares u ordenadores personales; sólo una inmensa pantalla donde se proyectan dos horas por día  programas llamados “Hora de descanso mental de nuestros abuelos”. Si algún recién llegado se aventura a conversar con otro, se los persigue como en una cacería con ruidos  muy violentos de sirenas y bocinas hasta que escapan como liebres asustadas a la soledad de sus dormitorios. Algunos llegan a perder la palabra.

En poco tiempo la población vio la trampa. Varios hackers se hicieron inmensamente ricos entrando en la base de datos del reino y cambiando las fechas de nacimiento y hasta las fotos de aquellos que podían pagarlo. Pero eran soluciones individuales y momentáneas.

El plan de las hilanderas es más ambicioso.  Ante todo, hicieron un sacrificio personal. Enfermaron de tuberculosis y tosieron tanto sobre las piezas de seda que iban a palacio, que contagiaron a todo el gobierno.

Se acerca el cumpleaños de Tyranus Rex.  Otra vez aparecerán los afiches con la foto única de su asunción al poder.

Los médicos no llegan al diagnóstico correcto: creen erradicada la enfermedad hace cientos de años y no la tienen en consideración. Pero ya uno de ellos viaja a un país vecino en busca de ayuda y de medicación apropiada.


Durante la reunión en las calles subterráneas para que los drones de vigilancia no los vean, se acuerda que un hacker de absoluta confianza  cambie las fechas del tirano, sumando años. Un enfermero se encargará de tomar una foto actual del gobernante para que de manera automática se impriman los afiches de cumpleaños con los nuevos datos.

El día señalado la ciudad amanece con la imagen del dictador  envejecido, pálido, sumido en almohadones de seda.

El pueblo entero exige que se le lleve la torta de Homenaje en Vida. Casi no hay discusiones.  En su limusina de oro parte a un Hogar de Sombras. Como no puede tenerse en pie, para que no caiga, se lo sujeta   en una silla de ruedas con vendas de seda.

Los ancianos recuperan sus afectos, su libertad y su voluntad.

Sin ruido, las tres hilanderas se internan. Aunque aceptan la muerte,  desean con fervor que las medicinas lleguen a tiempo también para ellas.






lunes, 10 de abril de 2017

SUSANA Y EL TURISTA

Susana esperaba. Los turistas habían levantado sus cámaras casi al mismo tiempo y se oían los clic, clic de los obturadores.

Iba a ser una visita difícil. “Bobby-junior-behave-yourself” (así,  todo seguido y casi como una letanía sonaba el nombre cuando la madre quería llamarlo al orden), era un adolescente lleno de granos, inquieto, enojado con sus padres y  con el mundo entero, y ya había contrariado cuanto sus débiles progenitores, los otros turistas y ella misma habían hecho para calmarlo.

Dos veces, Bobby escapó por caminos opuestos a los que llevaba el contingente y hubo que recurrir a cuidadores de tumbas  conocidos para que lo buscaran antes de que se perdiera.

 El muchacho le desagradaba profundamente. Sin embargo, aunque le irritaban su falta de respeto, sus burlas y sus malas maneras, Susana se esforzaba por comprenderlo. Decidió desplegar todas las historias que habitualmente encantaban a los visitantes.
El cementerio había sido construido en las épocas de pomposos homenajes a la muerte, por familias ricas del lugar que competían en encargar a escultores famosos las imponentes estatuas con las que iban a recordar por siempre a sus muertos de ayer, de hoy y de muchas generaciones más. Ya no los momificaban, pero querían perpetuarlos en mármol.

 Repasó las principales tumbas por los que los llevaría. La niña cataléptica que murió enterrada viva, los duelistas que cayeron simultáneamente mientras cada uno de ellos creía defender el honor de una mujer que engañó a ambos; la novia que cometió suicidio el día de su boda y que según decían, por las noches paseaba por el cementerio; el héroe de la patria con tantas batallas ganadas; la viuda más bella de la ciudad asesinada por un pretendiente despechado; ¿cuál de todas ellas podría interesar más a Bobby?

«¡Fuck you, deads!» gritó Bobby.

Eso fue demasiado. Susana furiosa saltó hacia él, mientras el resto de los turistas silenciaban sus cámaras de golpe y giraban en su dirección. Un gato había brincado del techo de una bóveda cayendo en la cabeza del adolescente. Cada vez más enojada, Susana se acercó a los padres de Bobby dispuesta a reintegrarles el dinero del paseo con tal de que se lo llevaran; pero en un segundo el adolescente redobló la  apuesta de su desparpajo y antes de que Susana pudiera detenerlo, se había trepado al techo de una bóveda adornada con la estatua de un Ángel de la Muerte de enormes alas, maullando como el gato y tratando de tomarse una selfie.

Resbaló, se sujetó de la punta de un ala. La estatua,  apoyada sin sujeción alguna, se desestabilizó con el peso del muchacho. Bobby y el ángel volaron juntos hacia el piso de baldosas, acompañados por el extraño sonido que producían varios “oh” que salían de algunas gargantas y una suerte de silbido terrible que se escapaba  de los que se tapaban la boca con las manos.

Susana corrió hacia él. Algunos volvieron a usar sus cámaras. La estatua había caído sobre Bobby, pero de tal manera que en lugar de aplastarlo lo había protegido. Las alas algo curvas del ángel habían hecho un nicho de aire casi abrazándolo. Bobby respiraba y hasta emitía un murmullo constante que parecía una canción de cuna. Mientras le tomaba el pulso, Susana llamó una ambulancia. Le indicaron que tratara de mantenerlo despierto hablándole, sin moverlo.

En cuclillas, ya tranquila y con la gran oportunidad de poner a “Bobby-junior-behave-yourself”  en su lugar de una vez por todas, con una sonrisa apenas sugerida en los labios, le dijo al oído: «Vas a aprender a respetarlos, pibe. Hasta que lo sepas como el arrorró…»

Bobby abrió los ojos y la miró. Susana ahí no más empezó a repetir:
                        “…
                        Serán ceniza, mas tendrá sentido;
                        Polvo serán, mas polvo enamorado.”


Lo dijo en voz baja, con devoción, casi como una plegaria, sin cansarse, muchas veces y cuando llegó la ambulancia, se enderezó y le dijo al médico, «fue un golpazo, pero el ángel  lo protegió».

martes, 10 de enero de 2017

LA SEGUNDA VEZ




Giró al escuchar el grito.  
Quedó sin aire.
Algo líquido corrió por sus piernas.
Un rayo  le atravesó el vientre; el llanto de la criatura en el mismo  grito.

Su niña patalea en el aire, sujeta por un hombre de espaldas anchas.
Quiere seguirlos, pero sus piernas  parecen pegadas en alquitrán a la vereda.
Sigue oyendo el grito desesperado que clama por sus brazos para calmarse.
Tira el bolso ¿o la placenta? hacia adelante.
Entregar lo que sea, ¡su nena, no!

Siete años se agolpan veloces en su cabeza, y se deshacen hacia el futuro como nubes en el viento.

Grita a su vez, y recién ahora le parece que corre.
La niña muerde con fuerza la mano del hombre. Se suelta.
Ella se abalanza,
── ¡Rápido, a casa!
La oye correr.


El hombre gira hacia ella. Tiene algo oscuro en la mano ensangrentada. ¿Un arma?

Se miran.
Ella lee en los ojos de él el terror y la desesperación de los perseguidos por sus propios actos;  el hombre ve en los de ella un instante de perplejidad  ante el arma con que le apunta. 
Con el último aliento, ella parece preguntarse: « ¿ tan corto es el límite del destino?» 

Un calor insoportable. 
Esta vez no es en el vientre; es un fuego duro entre los ojos. 
Cae.

sábado, 10 de diciembre de 2016

APRESÚRESE, BORGES (sin usar el verbo Ser)

Cerrada a las consignas del mes. ¿Qué campamentos? ¿Los de mi primera juventud? Están muy lejos, recuerdos de recuerdos. ¿Qué poetas? Hay tantos tan queridos… Además, suprimir EL verbo. Me enojo conmigo. No sé. No puedo. Lo que escribo no sirve a nadie para nada. Faltaré a la cita. Renunciaré al trabajo que alimenta mis días. Abro al azar un libro de Borges y leo:

           « En vano te hemos prodigado el océano
             En vano el sol, que vieron los maravillados ojos de Whitman;
   Has gastado los años y te han gastado,
   Y todavía no has escrito el poema.»

Así, humillada, avergonzada, me voy a dormir. 
Quiero compartir este sueño con todos los que alguna vez ante la página en blanco sintieron una impotencia y un dolor similares:

«Borges nada en el Ródano», me digo. Pero no. Borges nada en nuestro Atlántico hacia el horizonte, y yo lo miro desde la playa.
Joven, enérgico y sin aparentes problemas en la vista.  Para mi asombro, acaso mi envidia, tiene aire suficiente para recitar o dictar algo mientras nada:

«Agua, te lo suplico. Por este soñoliento
            enlace de numerosas palabras que te digo,
            acuérdate de Borges, tu nadador, tu amigo.
            No faltes a mis labios en el postrer momento.»

Sigo en la playa, pero tal como ocurre en los sueños, cambia el plano y ya no me asombra que alguien que se aleja, esté más cercano a mis ojos.
Clarea en el horizonte donde la luz dibuja otras figuras. Sé, con el saber de la noche, que han estado siempre ahí.
A un lado, a la derecha y algo más lejos de la mirada todavía, Homero organiza una fogata que deberá encenderse en poco rato. Lo ayudan los tres grandes que tomaron sus cantos y sus mitos,  también Goethe, Shakespeare,  algún otro.  

Adelante, mirando de frente a Borges que sigue nadando,  Dante y la sombra de Virgilio  esperan.
Traga agua, tose, manotea como un náufrago. Se transforma en el agua y veo surgir el anciano que todos recordamos con bastón, mirando hacia vagas nubes amarillas.

Homero y los suyos encienden las primeras chispas.

La sombra de Virgilio tiende una mano de cinco caminos hacia el agua, mientras  el agudo perfil del Dante se agranda como un ave imperiosa sobre el mar. Reclama:
──¡Apresúrese, Borges!
──Alighieri, me han quitado el verbo de la Creación, ¿estoy en el infierno?
──No pueden, no se asuste. ¡Apresúrese! ¡Vamos! ¡Hay que encender la aurora!







lunes, 14 de noviembre de 2016

¿CUÁL DE NOSOTROS?

«Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte», es lo primero que oigo cada mañana  al despertar.
Este alerta sólo aumenta mi angustia. Si  mi doble está en alguna parte,  también lo está el de  Helena. Pero espere, debo explicarle porque aún hay otra voz que me persigue por estos pasillos infames; una voz que dice, « Mauricio se mató». Entonces, todo es peor porque estoy aquí hablando con usted.
Siempre fuimos felices. Sin embargo, cuando empezamos a convivir, a tener hijos, a luchar por los sueños de  vigilia,  los proyectos,  mi felicidad  fue trasladándose a la noche. No, no le hablo de sexo aunque era bueno a cualquier hora. Le hablo del mundo en el que vivimos al dormir.
Durante esas horas, ella era  el ser que había encontrado cuando nos conocimos. No se trataba de cerrar  los ojos, comprenda, no eran fantasías  o deseos incumplidos. Al dormirme,  éramos otra vez los que descubrimos en la primera mirada, la esencia de nosotros mismos. Ese era mi verdadero descanso. Amanecía sabiendo que había estado recorriendo el universo con el ser de Helena.
Por un tiempo me bastó. Deseaba que a ella le pasara lo mismo, aunque muy pronto descubrí que  en sus sueños no había nada parecido.
Al despertar, quedaban hilachas de la vida.  
En mi obsesión por  recuperar ese estado de manera permanente, perdí todo: trabajo, amigos,  hábitos cotidianos. Mis hijos me evitaban. Siempre  callados, mirándome, deseando  que me fuera.  Me decía que no quería molestarlos, pero en verdad solo quería dormir para encontrar a mi mujer; la verdadera.
La otra, la diurna, trató de ayudarme con toda la batería que el mundo ofrece: médicos, psicólogos, técnicas de meditación,   ocupaciones  que no me gustaban, comprenderme, rebelarse, exigirme. Por fin, se cansó. Se limitó a seguir con su trabajo para mantener la familia y a hacer ella lo que  yo rechazaba. Salía con sus amigas, iba al psicólogo dos veces por semana, corría una hora  al volver de sus obligaciones, atendía a los chicos y mucho  más. Me humillaba. Me mataba.
Desesperé.
La odié de día tanto como la amé de noche.
Esa mañana la seguí una vez más. Iba ligera, sonriente, a buen paso por la vida.
Todavía la veo entrar a un café  a encontrarse con sus compañeras. Conversan y ríen. No puedo oírlas.  Alguna  se inclina sobre la ventana como buscando  con la mirada. A mí, claro, ¿a quién más?  Quieren saber si realmente soy yo, si la sigo, si lo que ella cuenta se refleja en mi aspecto, si quiero acompañarla o espiarla.
Salen. De pronto  alguien más se acerca y  lleva a Helena apoyando la mano en el centro de su espalda. Un hombre común y corriente como yo, que  le habla al oído y la hace reír francamente. Las compañeras se alejan un poco dejándolos atrás, dándoles privacidad.
Quiero gritar pero se me cierra la garganta y el puño aprieta el mango de un cuchillo de cocina. ¿Cuándo lo puse en el bolsillo?
Me abalanzo. Siento que el otro se mete en mí, o yo en el otro. Ya no lo sé. Ella me mira incrédula queriendo soltarse.
Él le ha clavado el cuchillo en la garganta, y al apartarse la he visto retroceder hacia los ascensores tropezando, sin dejar de mirar al otro. Grita,
──  ¡Mauricio, no!
Lo sé, lo sé. Nadie más lo vio; es  a mí a quien vieron alcanzarla y dar juntos unos pasos riendo abrazados.
En todo caso, la Helena nocturna, ¿también ha muerto?
Si, como dice la voz que me despierta, el doble de Helena y el mío en vez de estar aquí, en nosotros mismos como yo creo, viéndonos vivir y morir, están realmente en otro lado, ¿continuarán  ellos la vida que  no supimos seguir, o morirán castigados el uno por el otro?

Alguien debería advertirles el peligro. 

lunes, 24 de octubre de 2016

COMER POR LOS OJOS

El niño huele el almíbar  que empieza a  hacerse en la olla de barro.
En la cocina, la madre saca del horno dos placas de moldes redondos y vuelca el contenido de una sola vez en la olla.
El niño entrega su mirada deslumbrada a esos globos de oro claro que flotan y giran suavemente en el líquido hirviente.
La madre reconoce en su hijo el estado de plenitud del descubrimiento. Cierra el viejo  cuaderno de recetas cuidando de que no se desarme, y lo devuelve a su lugar.
En voz baja,  dice:
── Se llaman huevos quimbos. La abuela de mi abuela ya los hacía. Son muy dulces, se hacen con mucho tiempo a un calor suave y constante como el cariño. Los comeremos esta noche en el cumpleaños de  papá.
El niño no contesta. Los globos dorados se impregnan y se hunden en el almíbar, toman un tono de oro viejo  mientras se desinflan y se arrugan un poco.  Fin de la maravilla.
Los ojos del asombro  se llenan de lágrimas.
Como si despertara de golpe,  responde:
── Yo ya comí. Y huye de la cocina como de una trampa.